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El momento llegó.

Estás parado en la pista con tus patines, vos y tus ruedas son un todo, el jurado está expectante, el estadio permanece en silencio y la música comienza a sonar.

Rápidamente te deslizás por la pista de patinaje. Tus patines, tus ruedas, tus frenos y vos dan un salto, un giro y la gente se empieza a entusiasmar. El patín artístico y el arte se funden en un misma figura. La música se acelera, vos seguís al compás, tu cuerpo está sincronizado con tus ruedas para patín.

Una vez más, tus patines y vos, un flip, vas, venís, las ruedas te acompañan, los frenos responden, tus botas te acarician y te dicen ¡vamos!, la música crece y crece, tu obra de patinaje llega al final, los espectadores del mundo del patín comienzan a ponerse de pie, alientan cada vez más. Tu obra de patín artístico sobre ruedas llegó a su final.



La música se apaga y con ella tu coreografía. Inmóvil, expectante, volvés en sí. Aún no podés creer lo que lograste junto a tus patines y salís al encuentro de tu técnico mientras la gente vitorea tu nombre.

9,8; 9,8; 9,4; el jurado te reconoce. 9,7; 9,6 el estadio entero está de pie, 9,7; 9,9 y la placa del número uno se coloca al lado de tu nombre, el estadio al unísono te premia con aplausos cerrando la jornada de tu vida.

Salís a su encuentro, te dejás mimar, recorrés las caras, los lugares y cada paso que diste para llegar acá. Vos y tus patines, tus ruedas y tus frenos, todos unidos disfrutando el triunfo.

Llegaste a la cima, al primer lugar.

Sanvio, a través de los límites.